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Existe una idea generalizada de que hoy día hay mayor
tolerancia social hacia la diversidad de los seres humanos y -
entre ella- la variedad sexual. Algunos hemos vivido momentos en
que creemos que lo que escuchamos o vemos es un sueño y que hemos
avanzado en la lucha a favor de los derechos humanos de tod@s no
importa su raza, credo, preferencia sexual y política, entre
otras. Nos caemos de ese "sueño" al escuchar
expresiones recalcitrantes, opresoras, marginalizantes, y hasta
ciegas de personas que se supone hayan estudiado derecho y que su
interés por su profesión nace del principio fundamental del
derecho humano y la justicia. Es común ver a religiosos y
moralistas fundamentalistas hacer expresiones que degradan al ser
humano y su enorme capacidad para la intolerancia. Sin embargo,
nos estremecemos al chocar con la realidad...
Durante las pasadas semanas, los diferentes medios de
comunicación del País (algunos con mucho profesionalismo y
objetividad, y otros con mucha burla y chabacanería) han
reseñado la noticia de los primeros dos casos denunciados en
violación a la Ley 54 de violencia doméstica entre personas del
mismo sexo. Esto a raíz de las valientes directrices emitidas por
la Hon. Secretaria de Justicia Lcda. Anabelle Rodríguez, quien da
instrucciones a los efectos de que se procesen querellas de
violencia doméstica entre personas del mismo sexo. A muchos/as ha
sorprendido tal valentía de la honorable secretaria y hasta fue
imposible evitar soñar con la erradicación del discrimen y la
aplicación de todos los derechos como humanos que somos.
Al surgir las primeras acusaciones, sorprenden la expresiones
de la defensa del caso Del Valle vs. Ruiz , hechas por la Lcda.
Lillianett Cortés Soto que lejos de fungir como defensa es
acusadora de la preferencia sexual de su defendido. Tal parece que
la estrategia de defensa que seleccionó la Lcda. Cortés giró en
el descargue de toda la homofobia no vista por mucho tiempo en un
tribunal. Su constante falta de respeto a los dos seres humanos
sentados en el estrado que lo único que desean es discutir los
alegados sucesos violentos, y no la forma en que ambos por acuerdo
mutuo prefieren sostener sus relaciones sexuales, ponen en
evidencia la homofobia institucionalizada del sistema. A simple
vista sus expresiones demuestran un vago conocimiento sobre la Ley
54. La interpretación que hace de la misma se aleja abismalmente
del interés de aquellos/as que escribieron dicha ley con una
visión marcada por la inclusión y la diversidad en que se
manifiesta la violencia.
El principio fundamental de la ley 54 es la prohibición de
conducta violenta entre parejas, miembros de una familia, y la
protección de la víctima venga de donde venga, no importa si es
heterosexual, bisexual, homosexual, lesbiana, transexual,
adúltero/a, etc. Es un error garrafal interpretar que si se
aplica la ley 54 de violencia doméstica a este caso, se estaría
legalizando una conducta tipificada como delito en el código
penal (artículo 103, Sodomía). Lo importante en este caso no es
descubrir quién penetraba a quién, sino demostrar fuera de toda
duda razonable si hubo o no un agresor y un agredido. La ley 54
debe también aplicar a todas las relaciones, como por ejemplo, de
hijos adultos violentos contra sus madres/padres o compañeros/a
de hospedaje ya que se dá en el contexto de convivencia bajo un
mismo techo, entre otros.
El Estado no debe entrar en esos asuntos ya que su obligación
constitucional es proteger a todos los/as puertorriqueños/as. Se
trata de proteger al ser humano, su dignidad, su derecho a vivir
una vida plena, su derecho a la libertad, a manifestarse como ser
único... Hasta que no veamos que las diferentes instituciones
sociales se concentren en el ser humano y no en sus preferencias
no debemos descansar en la lucha por los derechos humanos de
todos/as.
La realidad nos da en la cara otra vez, hay mucho que recorrer.
Los diversos grupos pro derecho de la comunidad LGTTB y grupos de
derechos humanos hemos invertido demasiadas energías en luchar
contra el mensaje equívoco de los religiosos fundamentalistas y
moralistas. Hoy día nos damos cuenta que hay que trabajar más
con las instituciones sociales y gubernamentales y en contra de
sus patrones machistas, heterosexistas y homofóbicos que muchas
veces le juegan el juego a los religiosos y moralistas. A los
miles de seres humanos que comparten con personas de su mismo sexo
y son víctimas de agresión en sus diversas manifestaciones, les
exhorto a buscar ayuda y denunciar a sus agresores/as. Así
también nos haremos visibles y tendrán que escucharnos.
Mientras escribo no puedo evitar pensar que la discusión
reciente sobre la problemática de violencia doméstica entre
personas del mismo sexo es muy parecida a los inicios de la
epidemia del VIH/SIDA en Puerto Rico cuando existía muy poca
información y apoyo. Cuando, gracias al interés genuino, la
comunidad homosexual optó por unirse y apoyarse de múltiples
maneras, ofreciendo orientación, apoyo práctico y apoyo
emocional ante una epidemia de la cual se desconocía mucho. Una
vez más debemos unirnos como comunidad para denunciar
públicamente al agresor, para buscarle ayuda a aquellas víctimas
que piensan que esa es su realidad y que no tienen opciones, a
romper con la codependencia como factor precursor para la
violencia. Es necesario proveer información atemperada a la
realidad de las parejas del mismo sexo. Hacen falta centros de
ayuda y apoyo para personas víctimas de violencia doméstica
entre personas del mismo sexo, hacen falta abogados/as sensibles a
esta realidad. Y un sistema judicial que realmente manifieste su
responsabilidad constitucional haciendo justicia a todos/as los
hombres y las mujeres que no gozan del mismo trato de respeto y
dignidad. Hasta que no logremos esto no podemos creernos el cuento
de que en Puerto Rico se respeta y valora los Derechos Humanos.
El autor actualmente se desempeña como
Director Ejecutivo Interino de la Fundación SIDA de Puerto Rico.
Durante los pasados 8 años ha servido ininterrumpidamente a esta
organización destacándose en años recientes como
Director-Fundador de la Oficina de Ponce.
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