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Gays

MIENTRAS QUE en la mayoría de los países civilizados se aprueban nuevas leyes de reconocimiento y respeto hacia las parejas homosexuales, aquí seguimos con la hipócrita cantaleta del pecado, que uno se moriría de risa ante tanta ridiculez y doble moral, si no fuera porque la cantaleta sirve para reprimir. Y a todos nos consta que, de mil maneras, se discrimina y se reprime.

Cambian de puesto a un jefe de la Policía, y allá se ufanan los moralistas de haber logrado que se eche atrás un memorando que regulaba el trato hacia los homosexuales. Es decir, unas orientaciones básicas que se pretendía impartir a los miembros de la Uniformada, para que no abusaran, discriminaran, ni ofendieran a una persona por el simple hecho de preferir, para el amor, a otra persona de su mismo sexo. Circunstancia que, digámoslo claramente, tampoco es extraña para algunos miembros de la Policía, ¿o me van a decir que en la Policía no hay gays? Claro que los hay, hombres y mujeres. Como los hay dentro del benemérito cuerpo de Bomberos. Y en la Defensa Civil. Y hasta en las filas del Ejército de Salvación. Es natural.

En Estados Unidos, como todos saben, existe un gobierno que, aparte de guerrerista, es bastante pacato y conservador. Pero aún así, nadie me negará que el debate sobre los derechos de los homosexuales se produce casi siempre con libertad y respeto. Una pequeña muestra de ello es que un periódico tan prestigioso como The New York Times, de un tiempo a esta parte, ha comenzado a insertar en sus crónicas sociales, notas de compromiso o "casamiento" entre personas del mismo sexo. Parejas gays que se comprometen, muchas de ellas compuestas por reconocidos profesionales, o ejecutivos de grandes empresas.

Aquí, la más elemental apertura causa enseguida un gran revuelo puritano. Y entonces, uno tiene que preguntarse si lo que se pretende es dar ejemplo. Porque a lo mejor se trata de eso: de echarles en cara nuestra superioridad y decencia a esos países en los que se promulgan leyes que permiten los matrimonios entre parejas de un mismo sexo; o permiten la adopción de niños por estas parejas; o entienden que hay que otorgarles los mismos beneficios sociales, como si se tratara de una pareja heterosexual.

Lástima que toda esa gente a la que queremos impresionar, a lo mejor no se fija tanto en la manera en que se mantiene a raya a los homosexuales. Tal vez lo que más les llame la atención sea el número de crímenes que se cometen cada año; o la tremenda cantidad de adolescentes que están quedando embarazadas. Habría que explicarles que también abominamos de las políticas de salud pública para impedir los embarazos entre adolescentes, esto es, píldoras y condones, que son pecado con sabor a fresa. Por lo tanto, continuarán viniendo al mundo muchos niñitos que han de ser "educados" por esos otros niños, un poco mayores, que los engendraron. Y habrá deserción escolar, y maltrato deliberado, o maltrato por omisión; una multitud de criaturas sin educación ni futuro. Pero esos detalles no importan demasiado. El caso es que nadie pueda reprochar que a los homosexuales de Puerto Rico se les permite levantar cabeza, y allá los europeos, allá los norteamericanos (canadienses incluidos), con sus leyes y su libertinaje.

"Son los heterosexuales, y no los gays, quienes tienen que salir del clóset. De ese ropero de prejuicios e hipocresía en que están encerrados."

Lo curioso es que, cuando esto ocurre, cuando se echan atrás esos tímidos intentos por hacer más tolerante y moderna (más humana, en suma) la sociedad en que vivimos, aparte de los colectivos de orgullo gay –que obviamente son los más afectados– no hay ningún otro grupo o político que saque la cara y exija que se siga adelante. Es inconcebible, pero todo lo relativo al sexo asusta y paraliza de tal manera, que hasta la gente más razonable y librepensadora permanece muda. Y no tendría que ser así, más bien lo contrario, porque en casi todas las familias del país siempre hay alguien, un pariente inmediato, un amigo entrañable, que es gay y ansía vivir sin tapujos. Todos tenemos un hermano, un hijo, un sobrino (algunos, hasta un padre o una madre) que ha llevado una discreta vida, o a veces no tan discreta, pero que en cualquier caso debemos respetar. Contrario a eso, con nuestra actitud y nuestro silencio, los condenamos a vivir en el eterno paripé: a no besarse en público con la persona que aman; a no celebrar un aniversario; a no hablar de su vida en pareja (como lo haría cualquier mujer sobre su compañero, o viceversa), y a no llorar cuando precisa hacerlo.

Esa actitud, a mi juicio, es más peligrosa que la de los moralistas. Con los moralistas, ya uno sabe a qué atenerse: tienen un discurso único, repleto de lugares comunes y amenazas, cada vez más retórico y desprestigiado. Pero aquellos que presumen de comprender y aceptar a sus amigos y parientes homosexuales, y en privado desvían la mirada, o hacen voto de silencio, o tácitamente los rehúyen, causan más dolor y contribuyen a perpetuar la absurda idea de que hay gente "distinta", dicho con ese retintín condescendiente. O la idea, mucho peor, de que hay gente que es "normal", y otra que no lo es tanto.

Pues no, mil veces no. Son los heterosexuales, y no los gays, quienes tienen que salir del clóset. De ese ropero de prejuicios e hipocresía en que están encerrados. Y comprender, de una vez por todas, que aquí los únicos "distintos" son los crueles y los insensibles. Ésos son los verdaderos anormales. RD

FUENTE: ENDI.COM
 


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